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Después de dejar las maletas en casa volvimos a coger el metro para empezar a explorar la ciudad. Y al llegar a la estación de Ueno comprobamos que no están muy preparados para gente de más de 1.80. Y eso que desde que llegamos a Tokio esta mañana hemos visto más extranjeros que en toda la semana que pasamos en Osaka. Menos mal que aquí son muy previsores y tienen algunos trozos forrados de espuma y muy bien señalizados. A uno que yo me sé lo salvaron de un buen chichón.

Nuestra primera parada fue en el parque Ueno. Es el más grande de Tokio y en él se pueden visitar numerosos museos, templos, un zoo.. Pero nosotros teníamos un objetivo claro : queríamos ir a remar en las barcas del estanque. Así que allá nos fuimos.

Cuando entramos en el parque nos encontramos tan a gusto que aprovechamos para dar un agradable y tranquilo paseo. Disfrutamos de un partido de béisbol (bueno, en realidad sólo nos quedamos un ratito porque no entendíamos nada), hicimos amistad con un par de tortugas arrugadas, les sacamos fotos a los nenúfares y las flores de loto, cotilleamos las peticiones escritas en las tablillas de los templos… Y claro, cuando por fin llegamos al estanque estaban a punto de cerrar el puesto de barcas. Pero no nos importó mucho porque así tenemos que volver.

Por cierto, el lago está dividido en dos zonas, una con barcas y otra totalmente inundada de flores de loto. Cuando llegamos había tal cantidad de plantas en el agua que parecía una leira. Ni siquiera estábamos seguros de que fuera un estanque.

panoramica-estanque-parque-ueno

Al salir del parque nos encontramos de nuevo con el caos de la ciudad. Es curioso el contraste de ritmo y ruido, sobre todo si cruzas la calle y te sumerges, en cuestión de dos minutos, en pleno Ameyoko.

ameyoko

Ameyoko es la zona que va desde la estación de Ueno hasta la de Okachimachi y sus calles y callejones están inundadas de gente, tiendas de ropa, puestos de comida, pequeños bares escondidos bajo los puentes por los que continuamente están pasando trenes…

El impacto de encontrarse con todo esto justo al salir de la tranquilidad del parque fue tan grande que tuvimos que tomarnos un rato para sentarnos y acostumbrarnos a la cantidad de luces, movimiento y ruido que teníamos ante nosotros. Y eso que ni siquiera es hora punta.

Mientras nos recuperábamos de la impresión, los neones se iban encendiendo y la ciudad cambiaba por completo. Entonces decidimos que ya eran emociones suficientes para el primer día y regresamos a nuestro barrio. Cenamos rodeados de japoneses en un local muy tranquilo y nos fuimos para casa.

neones-en-ueno-tokio

Y al llegar al apartamento descubrimos que ¡¡perdimos la mochila de Bruno!!

Cuando nos dimos cuenta pensamos que se iba a montar un gran dama porque dentro de la mochila iba “Luquiñas” un cachorro de peluche que es la mascota de la familia. Sin embargo, para nuestra sorpresa, Bruno nos dijo con toda la serenidad de un hombrecito de siete años “no pasa nada, seguro que se me quedó en el tren y mañana lo encontramos”. ¡Pues sí que le inspiran confianza los japoneses!

Veremos si tiene razón.

Ahora a descansar

 

 

 

 

 

 

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